Vacunar a un bebé o a un niño de corta edad, es un acto en el que se debería contar con la libre eleccción de los padres, puesto que a nosotros corresponde principalmente la responsabilidad de la salud de nuestros hijos. Pero, para que ello sea posible hace falta que la información acerca de las vacunas nos llegue completa. Y eso no es así.
Las grandes empresas farmacéuticas tienen enorme interés en la generalización indiscriminada de las campañas de vacunación y no apoyan ni financian investigaciones que no refuercen sus interes: vender cuantas más dosis mejor. Este hecho influye indudablemente en la claridad e imparcialidad de la información que se difunde sobre las vacunas.
Sin embargo, la realidad es que las vacunas no son obligatorias, tal como nos quieren inculcar con las incisivas y bien instrumentadas campañas de vacunación. Y es falso que la práctica de las vacunaciones masivas y sistemáticas a la población infantil esté exenta de efectos secundarios o que éstos sean insignificantes.



